De viaje por la Península Ibérica: la llegada de la princesa Isabel de Borbón a Madrid

AGENART
Pieza del mes: Junio 2024
Autora: Alejandra Franganillo Álvarez

Cómo citar este artículo/How to cite this article: Alejandra Franganillo Álvarez, “De viaje por la Península Ibérica: la llegada de la princesa Isabel de Borbón a Madrid”, Agenart: La agencia artística de las mujeres de la Casa de Austria, 1532-1700, 4 de junio de 2024. Consultado: 27 de julio de 2026. URL: https://agenart.org/de-viaje-por-la-peninsula-iberica-la-llegada-de-la-princesa-isabel-de-borbon-a-madrid/

Figura 1. Pablo van Meulen, El intercambio de las princesas de España y Francia en el río Bidasoa. 1616. Óleo sobre lienzo. Madrid, Galería de las Colecciones Reales.

Una de las escenas iniciales de Marie Antoinette, el aclamado filme de Sofia Coppola (2006), muestra a una jovencísima y atribulada Kirsten Dunst, en su papel de la reina francesa, recorriendo en un carruaje los caminos de Europa que unían su corte de nacimiento, Viena, con la francesa a la que llegó tras casarse y en la que acabaría trágicamente sus días. En el camino, la joven novia contempla el retrato en miniatura de su prometido y sueña con una vida en su nueva corte que, en ese momento, imaginaba feliz. Cinco siglos antes de que la cineasta imaginara esta escena, el 9 de noviembre de 1615 Isabel de Borbón [Figura 2], la hija mayor de Enrique IV y María de Médicis, ponía por primera vez un pie en los dominios españoles como su flamante Princesa de Asturias. La ceremonia, inmortalizada en el cuadro El intercambio de las princesas de España y Francia en el río Bidasoa atribuido a Pablo van Meulen (o van Mullen), tuvo lugar en el medio del río —concretamente en el paso de Behobia—, elegido por ser la frontera natural que dividía ambos reinos que, sin embargo, en esta ocasión serviría para unirlos. El cuadro pertenece a Patrimonio Nacional y durante muchos años estuvo expuesto en el Monasterio de la Encarnación de Madrid, si bien actualmente se puede admirar en la Galería de las Colecciones Reales. Muy próximo a esta pintura se encuentra El paso de Felipe III por San Sebastián [Figura 3] atribuido al mismo pintor, que recoge la comitiva de la infanta Ana Mauricia de Austria y su padre en el Alto de San Bartolomé.

Bajo un sol radiante, a las cuatro de la tarde la infanta de España y la princesa de Francia —vestida de blanco— montaron a la vez en sus barcas, decoradas con ricas tapicerías y doseles que llevaban las armas de sus reinos, acompañadas respectivamente por el duque de Uceda y el de Guisa, encargados de efectuar las entregas en nombre de las personas reales. Según se puede apreciar en la imagen con la que iniciamos esta entrada, ambas barcas avanzaron a la vez hasta llegar justo a la mitad del cauce, a medio camino entre ambas orillas, donde había una galera grande decorada con las armas de España y Francia. A continuación, entraron las protagonistas de la ceremonia, quienes según las relaciones se saludaron y hablaron, aunque por poco tiempo, tras lo cual el duque de Uceda entregó la infanta española al duque de Guisa, mientras el francés hacía lo propio con Isabel, llegando a las orillas al mismo tiempo. No fue casualidad que se eligiese el punto medio para efectuar el cambio de princesas entre un reino y otro, así como tampoco que los autores de las relaciones se esforzasen por describir con equidad el lujo y afluencia de los cortejos de ambos reinos o que este episodio fuese uno de los acontecimientos escogidos por María de Médicis en el ciclo pictórico que encargó a Rubens, hoy en el Museo del Louvre [Figura 4].

La ceremonia de las entregas ponía el broche de oro a la firma de los dobles matrimonios firmados tres años antes, que unieron al joven rey Luis XIII con Ana Mauricia de Austria, primogénita de Felipe III y Margarita de Austria, y al futuro Felipe IV con la princesa francesa Isabel de Borbón. Estas uniones, que supusieron la ruptura de la tradicional alianza entre las dos ramas de la Casa de Austria, obedecieron a la política internacional diseñada por el duque de Lerma y enmarcada en la Pax Hispanica que caracterizó el reinado del tercer Felipe. El doble enlace tenía como propósito consolidar la Paz de Vervins que en mayo de 1598 puso fin al enfrentamiento habido entre ambas coronas con motivo de la sucesión al trono galo, y que implicaba el reconocimiento de Felipe II a Enrique IV como rey de Francia. Pero no menos importante, estas uniones supusieron un triunfo para María de Médicis [Figura 5], quien buscaba un posible apoyo español en el caso de que el cuestionamiento a su regencia —habitual en los gobiernos femeninos— continuase tras los levantamientos de los príncipes de la sangre contrarios a una alianza con la corona española.

Figura 6. Pierre Firens, Hommage des quatre parties du monde sur le subject de la S. Alliance des très puissans Roys de France et d’Espagne, estampa, París, Bibliothèque nationale de France, département Estampes et photographie, RESERVE FOL-QB-201 (20).

A partir del 9 de noviembre la joven princesa de Asturias inició su jornada hacia Madrid, capital de la Monarquía Hispánica, donde se produciría su entrada. La joven francesa, acompañada por su séquito de damas españolas y francesas, atravesó varias ciudades en su camino hacia la corte, protagonizando solemnes entradas públicas en ellas y siendo agasajadas con fiestas que incluían luminarias, juegos de cañas (una especie de torneo en el que varios nobles que iban a la carrera se asestaban unos a otros con lanzas) y corridas de toros. Si bien ninguna de ellas era comparable a la entrada en Madrid, no dejaban de tener importancia debido a que suponía el primer recibimiento de la princesa francesa en la península, constituyendo un prestigio para estas ciudades, cuyos habitantes recordarían durante muchos años después la presencia de la comitiva real. Fue durante el reinado de Felipe II cuando las reinas comenzaron a realizar la entrada en solitario, pues hasta entonces lo hacían acompañadas de los soberanos. La primera en hacerlo fue Isabel de Valois en 1560, seguida de Ana de Austria y Margarita de Austria. Aunque la participación en estas celebraciones se limitaba a la nobleza, el pueblo asistía contemplándolas, pudiendo intervenir en otro tipo de festividades como la pelota y la pala, la cucaña, el manteo, danzas o saraos. De la misma forma que los acuerdos matrimoniales eran negociados por los titulares de los reinos, las celebraciones que se organizaron para festejarlos contaron con la intervención de los gobernantes. Ello explica que la arquitectura efímera desplegada en distintos puntos de las ciudades hiciese alusión al amor, la fecundidad y la felicidad, pero también que incluyeran mensajes sobre la dinastía, la paz o el buen gobierno, pues se esperaba que fuesen leídos e interpretados por los súbditos que los observasen. De hecho, las relaciones destacan el enorme número de espectadores que acudieron a ver a la Princesa de Asturias a su paso por San Sebastián, Tolosa, Vitoria o Miranda de Ebro. De estas ciudades merece la pena destacar su entrada en Vitoria, dado que ese día fue, según recogen las fuentes, el primero en el que Isabel apareció vestida a la española, acontecimiento de enorme relevancia que simbolizaba la adopción de las costumbres de su nuevo reino y el abandono de sus antiguos gustos.

Figura 7. Autoría no identificada. Retratos de Felipe IV e Isabel de Borbón. 1623, grabado calcográfico, huella de la plancha 107 x 105, Biblioteca Nacional de España, IH/2948/7.
 

Fue el 22 de noviembre, en las proximidades de Burgos, cuando Isabel conoció por primera vez a su joven esposo el príncipe Felipe [Figura 7] y a su suegro Felipe III, acompañados por el duque de Lerma. Después de visitar el Real Monasterio de las Huelgas, por la tarde la princesa realizó su entrada en Burgos, ciudad castellana que contaba con experiencia en la organización de este tipo de festejos, pues semanas antes había acogido la boda por poderes de la infanta Ana Mauricia con Luis XIII —la de Isabel y Felipe se celebró en Burdeos—, y en 1570 había recibido a la reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II. Dos días después la comitiva llegó a Lerma, villa ducal del valido de Felipe III, quien había preparado varias jornadas festivas que incluyeron toros, máscaras, juegos de cañas y artificios de fuego. Allí permanecieron hasta que el 28 de noviembre reanudaron el viaje.

El 3 de diciembre Isabel realizó su entrada en Segovia bajo palio de brocado y se dirigió a la Iglesia Mayor y al Alcázar. Allí permaneció varios días en los que se entretuvo presenciando varias corridas de toros, juegos de cañas y una máscara al final de la cual apareció un carro triunfal de música en el que la Fama daba noticia a Segovia de la princesa para que se celebrase su llegada. Tras permanecer dos días en el monasterio de San Lorenzo de los Jerónimos —según los autores de las relaciones, por decisión de la propia Isabel—, la comitiva de la princesa de Asturias se dirigió al Pardo, permaneciendo allí hasta el 18 de diciembre.

Finalmente, el 19 de diciembre de 1615, casi un mes y medio después de haber cruzado la frontera, Isabel de Borbón hizo su entrada en la corte de la Monarquía. Dos días después, la villa de Madrid organizó una mascarada acompañada por cuatro carros triunfales, además de actores, cantantes, músicos y estructuras alegóricas como templos, tronos y fuentes decoradas con mensajes en emblemas e inscripciones decoradas por Lope de Vega. El primer carro representaba el “Triunfo de la Paz” haciendo una alusión directa a Isabel, cuya unión matrimonial se había producido para consolidar la paz entre Francia y la corona española. Isabel sería denominada por diversos autores como la “Segunda Isabel de la Paz”; la primera había sido Isabel de Valois, otra princesa francesa que se convirtió en la tercera esposa de Felipe II y cuyo matrimonio había sido resultado del tratado de Cateau-Cambresis que en 1559 puso fin al conflicto que enfrentaba al rey cristianísimo y al rey católico.

Si bien Isabel no podría asegurar unas relaciones cordiales entre ambos reinos durante muchos años, sí pudo cumplir con otras de las cualidades que se esperaban de ella como reina consorte, lo que explica la enorme popularidad de la que gozó desde el inicio, si atendemos a los testimonios conservados. La totalidad de los autores de las relaciones de su jornada a Madrid destacaron el buen carácter de la futura reina de España, quien disfrutaba como una niña —tenía trece años recién cumplidos— de las celebraciones organizadas por las ciudades que pasaba, siendo sus favoritas las corridas de toros y los juegos de cañas. Aunque es evidente la intencionalidad de este tipo de fuentes por recalcar la rápida adaptación de la esposa del futuro rey católico a los gustos y aficiones de su nuevo reino, lo cierto es que gracias a los testimonios personales conservados, basados principalmente en las cartas que Isabel envió a sus hermanas menores Cristina y Enriqueta María, sabemos que la princesa fue durante estos primeros años muy feliz en la corte de Madrid, manteniendo una estrecha relación con Felipe III, a quien quiso como a un padre.

Bibliografía (selección):

  • Esther Borrego Gutiérrez, “Matrimonios de la casa de Austria y fiesta cortesana”, en La fiesta cortesana en la época de los Austrias,  coord. María Luisa Lobato y Bernardo J. García García (Valladolid: Junta de Castilla y León, 2003).
  • John Elliott, “The political context of the 1612-1615 Franco-Spanish treaty”, en Dynastic Marriages 1612-1615. A celebration of the Habsburg and Bourbon unions, ed. Margaret M. McGowan (Farham/Burlington: Ashgate, 2013), 5-18.
  • Alejandra Franganillo Álvarez, A la sombra de la reina. Poder, patronazgo y servicio en la Corte de Felipe IV (1615-1644) (Madrid: Editorial CSIC, 2020).
  • Pedro Mantuano,Casamientos de España y Francia, y viage del Duque de Lerma llevando la Reyna Christianissima doña Ana de Austria al passo de Beobia y trayéndola Princesa de Asturias nuestra señora (Madrid: Imprenta Real, impreso por Tomás Junta, 1618).
  • José María Perceval Verde, “Jaque a la reina. Las princesas francesas en la corte española, de la extranjera a la enemiga”, en Les cours d’Espagne et de France au XVIIe siecle, ed. Chantall Grell y Benoît Pellistrandi (Madrid: Casa de Velázquez, 2007).
  • María José del Río Barredo, “Imágenes para una ceremonia de frontera. El intercambio de las princesas entre las cortes de Francia y España en 1615”, en La historia imaginada. Construcciones visuales del pasado en la Edad Moderna, dir. Joan Lluís Palos y Diana Carrió-Invernizzi (Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2008), 153-184.
  • David Sánchez Cano, “Festivities during Elisabeth of Bourbon’s Journey to, and Entry in, Madrid”, en Dynastic Marriages 1612-1615. A celebration of the Habsburg and Bourbon unions, ed. Margaret M. McGowan (Farham/Burlington: Ashgate, 2013), 39-56.

Pies de Foto e información de imágenes referidas en el texto:

  • Figura 1. Pablo van Meulen, El intercambio de las princesas de España y Francia en el río Bidasoa. 1616. Óleo sobre lienzo. Madrid, Galería de las Colecciones Reales. Foto: Wikimedia Commons.
  • Figura 2. Frans Pourbus el joven, Isabel de Francia, reina de España, c.1615. Óleo sobre lienzo, 61 x 51 cm. Madrid, Museo del Prado, P001977.
  • Figura 3. Pablo van Meulen, El paso de Felipe III por San Sebastián. 1616. Óleo sobre lienzo. Madrid, Galería de las Colecciones Reales. Foto: National Geographic.
  • Figura 4. Petrus Paulus Rubens, L’échange des deux princesses de France et d’Espagne sur la Bidassoa à Hendaye, le 9 novembre 1615, c. 1600-25. Óleo sobre tela, 384 x 295 cm. París, Musée du Louvre, INV 1782.
  • Figura 5. Frans Pourbus el joven, María de Médicis, reina de Francia, 1617. Óleo sobre lienzo, 214 x 115 cm. Madrid, Museo del Prado, P001624.
  • Figura 6. Pierre Firens, Hommage des quatre parties du monde sur le subject de la S. Alliance des très puissans Roys de France et d’Espagne, estampa. París, Bibliothèque nationale de France, département Estampes et photographie, RESERVE FOL-QB-201 (20).
  • Figura 7. Autoría no identificada. Retratos de Felipe IV e Isabel de Borbón. 1623, grabado calcográfico, huella de la plancha 107 x 105, Biblioteca Nacional de España, IH/2948/7.