AGENART
Pieza del mes: abril 2025
Autoras: Las hijas de Felipe (Ana Garriga y Carmen Urbita)
Cómo citar este artículo/How to cite this article: Las hijas de Felipe (Ana Garriga y Carmen Urbita), “Sor Ana Dorotea, genealogías femeninas y el retablo de Nuestra Señora de Guadalupe en las Descalzas Reales de Madrid”, Agenart: La agencia artística de las mujeres de la Casa de Austria, 1532-1700, 03 de abril de 2025. Consultado: 27 de julio de 2026. URL: https://agenart.org/sor-ana-dorotea-genealogias-femeninas-y-el-retablo-de-nuestra-senora-de-guadalupe-en-las-descalzas-reales-de-madrid/.

Figura 1. Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid. 
Figura 2. Vista de Google Maps del Monasterio de las Descalzas Reales y su entorno.
Mucho tiempo antes de que se nos pasara siquiera por la cabeza arrojar nuestras escasísimas horas de ocio a la gestación de un podcast dedicado a los rincones más insospechados del barroco, y sin saber aún que aquel lugar sería el escenario de algunos de nuestros episodios más memorables, visitamos juntas, y por primera vez, el Monasterio de las Descalzas Reales en Madrid (Figuras 1–2). Nada a su alrededor invita a presagiar el sosiego mullido y opulento que cobija a sus inquilinas: ni la estampida que estrangula el paso a la salida del metro en la Gran Vía, ni la cola de turistas que da la vuelta a la manzana para hacerse con tacos a un euro, ni el revuelo de los grandes almacenes más invasivos de la ciudad permiten imaginar que solo un muro de piedra y ladrillo visto separa todo aquel barullo de la vida recogida de trece clarisas coletinas. Nuestra visita, como todas, estuvo pastoreada por un guía de Patrimonio Nacional que diligentemente iba relatándonos la historia de la fundación del monasterio mientras vigilaba, con una inquietud comprensible, que no nos abalanzáramos a abrir alguna arqueta de laca japonesa decididas a husmear si escondía una alpargata de Teresa de Jesús o si cobijaba una cabeza de San Valerio. Quizás fueron nuestros movimientos casi espasmódicos al ver el retrato de Sor Ana Dorotea de Austria (Figura 3) pintada por Rubens o nuestros cuchicheos, seguro molestos, al observar el Cristo yacente eucarístico de Gaspar Becerra los que hicieron que, cuando se nos ocurrió agarrarnos al tupido enrejado de madera dorada que protege el altar de Nuestra Señora de Guadalupe (Figura 4) en el claustro alto del convento, nos convirtiéramos en las dos visitantes más amonestadas de toda la comitiva. Pero mereció la pena.

No sabíamos entonces que la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe era una propuesta iconográfica única que pretendía, al unísono, defender el fervor inmaculista, reclamar la legitimidad hereditaria de Ana Dorotea de Austria y ofrecer a las clarisas coletinas que lo contemplaran mientras deambulaban atareadas por el claustro una genealogía de heroínas veterotestamentarias a la que asimilarse desde la cerrazón de la clausura. Aquel día ya lejano, a nosotras nos bastó con quedarnos boquiabiertas observando el retablo, una joya artística que, estábamos convencidas, era la cumbre de la ornamentación barroca: más de setenta espejos diminutos pintados al óleo rodeando una figura de la Inmaculada Concepción, cabezas y cabezas de querubines, y arriba del todo, presidiendo el conjunto, dos imponentes águilas en madera dorada. A pesar de nuestra emoción nada contenida ante semejante espectáculo, logramos retener que el retablo había sido obra del pintor, escultor y arquitecto Sebastián de Herrera Barnuevo (1619–1671) para satisfacer el capricho devocional, político y artístico de una de las monjas más insignes del convento: Sor Ana Dorotea de Austria (1612–1694), la hija ilegítima del emperador Rodolfo II y la dama Catalina Strada. Sor Ana Dorotea dedicó una parte nada desdeñable de la herencia paterna a financiar aquel retablo que, desde su hornacina del claustro alto, exhibe tanto derroche cromático y tanta diversidad de escenas y finuras diminutas que un rápido vistazo no basta para aprehender todo el significado que encierra su estructura dividida en una mesa de altar, una grada de tres escalones, la peana que sostiene la Inmaculada, el remate a modo de dosel y el fondo de la propia hornacina. Nos gusta pensar que aquel día, aferradas a las rejas de la capilla (diseñadas también por Herrera Barnuevo) mientras intentábamos desentrañar la razón de cada recoveco del altar, estábamos emulando, sin saberlo, la contemplación detenida y absorta a la que cada generación de clarisas de las Descalzas ha debido abandonarse ante la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe.

En 1627, el eclesiástico Martín Carrillo había publicado en Huesca sus Elogios de mujeres insignes del viejo testamento (Figura 5) una recopilación de las vidas y las virtudes de veintiuna heroínas bíblicas dedicada “a la serenissima Señora Infanta Dª Margarita de Austria, Monja en el Convento Real de las Descalzas de Madrid”. El libro fue concebido a petición de la propia infanta Margarita (1567–1633) —hija de los emperadores Maximiliano II y María, sobrina de Felipe II y tía de Ana Dorotea— con el ánimo de mostrar “que en todos tiempos à concedido Dios a la tierra mugeres santas a quien respetar, nobles a quien honrar, valerosas a quien loar y virtuosas a quien imitar”. Cuando Sor Ana Dorotea encomiende a Herrera Barnuevo la creación del retablo, será a este libro encargado por su tía al que acuda para concebir su programa iconográfico, incluyendo dieciocho de las veintiuna heroínas rescatadas por Carrillo. En uno de los óleos realizados sobre espejo encontramos a Abigail, célebre por su sabiduría, por su temple, y por haber impedido que David derramara más sangre. En otro vemos a la reina de Saba, que tuvo la audacia de viajar a Jerusalén para poner a prueba la erudición de Salomón. También están Ester, arrodillada ante el rey Asuero para evitar que su pueblo fuera masacrado; Judit, que sedujo, embriagó y decapitó a Holofernes, general del ejército asirio que asediaba a Israel; o Abisag, que logró mantenerse virgen en su matrimonio con David. A medida que íbamos identificando cada rostro y cada hazaña de todos esos dechados de virtud femenina, no podíamos evitar recordar las carpetas escolares que en nuestra adolescencia habíamos empapelado con fotos de nuestras actrices e iconos pop favoritas. Había algo en el retablo de Sor Ana Dorotea que parecía tener la misma devoción del fandom adolescente y que destilaba, de algún modo, el mismo gesto aspiracional y un mismo reclamo de pertenencia a una estirpe de ejemplaridad femenina. A su manera, Sor Ana Dorotea estaba “empapelando” la capilla con un surtido de ídolos femeninos que las clarisas de las Descalzas podrían ver como modelos a seguir pero, también, como reflejo de una sociabilidad femenina de la que ellas, por habitar el insigne convento fundado por Juana de Austria, ya formaban parte.
En 1653, ya cumplidos los cuarenta y tras más de media vida cobijada en la rugosidad del hábito franciscano, Ana Dorotea debía sentir que sus primeros años de vida en Viena —pasados entre el palacio de sus tíos, Matías y Ana de Habsburgo, y un convento de agustinas recoletas— y su accidentado viaje a España por el Mediterráneo formaban parte de un pasado ya casi novelesco. Cuenta Juan de Palma, el franciscano detrás de la biografía hagiográfica de Sor Margarita que vería la luz en 1636, que fue la propia archiduquesa la que reclamó con insistencia la presencia de su sobrina en el convento madrileño: “[Sor Margarita] con el ansía que tenía de que llegase y verla esposa de Cristo, comenzó para este efecto a disponer las verdaderas diligencias, haciendo decir gran número de misas, y que personas muy santas lo encomendasen a Nuestro Señor no dejando instante sin pedirle que la trajese con bien”. Margarita, que como relata el propio Palma, había pasado los ratitos ociosos de su infancia en Viena quemando las biblias de las niñas luteranas que pululaban por el palacio de sus padres al grito de “¡lo que puede el celo de la fe!”, estaba dispuesta a lo que fuera con tal de prevenir a su sobrina de una adolescencia abierta al influjo del protestantismo.
Cuando Ana Dorotea al fin apareció por Madrid el 30 de diciembre de 1622, Margarita de la Cruz debió sentir un regusto soberbio de satisfacción por su campaña de misas y plegarias al descubrir que, ciertamente, la llegada de su pequeña sobrina de diez años a las Descalzas Reales parecía más fruto de una rocambolesca intercesión milagrosa que de una buena planificación logística. Si confiamos en el relato del franciscano Francisco Díaz, autor de una biografía de Sor Ana Dorotea, su viaje de Viena a Madrid fue un auténtico calvario:
Con este disimulo partió de Viena, y pasó por Alemania, y por la Italia hasta llegar a Genova, donde se embarcó, y navegó la Costa de Italia, Francia, y el Golfo, hasta dar vista a España con felicidad; pero en breve les sobresaltó una Escuadra de Galeras de Turcos, que puso a todos en tanto aprieto, que temieron ser presa, y destrozo de los Infieles. El cabo de las Galeras, donde venía esta Real Persona, pareciéndole que esta niña avía de ser despojo de los bárbaros, se resolvió de echarla al Mar, pareciéndole menos mal, que pereciesse en las ondas, que exponerla a fracaso tan indigno. Pero o gran Dios! (que oyó las oraciones que la señora Infanta Sor Margarita de la Cruz le ofrecía por este trabajo de su Sobrina) en un instante la libró deste peligro con otro, porque movió los vientos con tanta braveza, y furia, que se dieron unas de otras las Galeras, y esta niña quedó libre de tan evidente peligro. Pero oh dolor de nuestra inocente niña! Creció la tempestad, y con ella el riesgo, de suerte, que fue preciso desaparejar la Galera en que venía, y llevandola las ondas de una a otra parte, por tener ya roto el árbol mayor, los golpes del Mar abrieron los estados de calidad, que hazía más agua de la que la diligencia humana podía despedir. Con esta lástima, y llena de lamentables suspiros, y sentimientos la desconsolada Princesa, fue llevada de la furia de los vientos a la Costa de Barcelona, donde la favoreció Dios, entre otros muchos Barcos, que salieron al socorro, con uno de un criado, que había sido de su Padre el señor Emperador Rodolfo, el qual saltó en la Galera, cogió a la desconsolada niña, y llevándola consigo, se arrojó de la Galera al Barco, y con este piadoso atrevimiento, la libró de tan notorio riesgo y la puso en Barcelona.
Aunque cuando se encargó el retablo de Herrera Barnuevo habían pasado ya más de treinta años desde la llegada de Ana Dorotea a aquel “cerrado huerto de perfecciones”, la vida conventual resguardada por el cariño y los privilegios de su tía Sor Margarita no le había hecho olvidar que, aunque ilegítima, ella también podía reclamar una posición en el linaje de los Habsburgo como hija del Emperador Rodolfo II. Por eso, dos águilas de madera dorada, emblema heráldico de los Habsburgo, coronan el conjunto sosteniendo una cartela que explica así la dedicación de la capilla:
El altar que contemplas en hermosas ceremonias, honor de la mente, dedicación del alma, trabajo del amor, describe el triunfo de las heroínas sagradas ejecutado en alabanza a María. Dorotea, versada en el arte, hija de Rodolfo, que fue destacado en piedad y distinguido en guerra en el servicio de Cristo, lo dedica. Bajo este nombre de María todos los hechos sobreviven, los cuales no habrían alcanzado la gloria sino por la gracia de María. Año de 1653.
Aunque la inscripción ostenta un orgullo filial que se encamina, sin duda, a legitimarse dentro de la geopolítica de la Casa de Austria, una mirada atenta a las capas iconográficas del retablo revela que, en realidad, el afán primordial de Sor Ana Dorotea era erigirse como heredera de su tía Sor Margarita y legar al convento un homenaje atemporal a las urdimbres genealógicas que sostenían la vida en las Descalzas. Las heroínas bíblicas destacadas por su valor y su audacia política servirían, claro, como recordatorio halagador de la incesante labor diplomática que la rama femenina de los Austrias ejercía desde el convento, una reivindicación del papel que mujeres como la emperatriz María y su hija, la propia Sor Margarita, habían tenido a la hora de enardecer los ánimos de Felipe II para defender de la amenaza turca a la rama austríaca del Imperio. Pero la fama y la virtud de muchas otras de las mujeres bíblicas también presentes en el retablo no se erige en el buen gobierno sino en las labores de su abnegada maternidad. Tanto Sara, la esposa de Abraham que no pudo concebir un hijo a los noventa años, como Miriam, que veló por su hermano Moisés cuando era apenas un bebé, y Ana, inesperada madre de Samuel solo por intervención divina, pudieron ejercer de madres solo de manera tardía, por milagro, o vicariamente. Tampoco Sor Margarita de la Cruz ni ninguna de las clarisas de las Descalzas podían (ni quizá deseaban) contemplar una maternidad biológica, pero del mismo modo en que la archiduquesa custodió los pasos de su sobrina Sor Ana Dorotea, a su manera todas criaban, educaban y cobijaban a las nuevas monjas como auténticas madres espirituales que podían ver su labor, generación tras generación, reflejada en los óleos bíblicos del retablo. Y es que, como muchas investigadoras han señalado ya, no es un capricho aleatorio que Herrera Barnuevo pintara las escenas de la Biblia sobre espejos. Los óleos de las heroínas con mayor pericia estratégica y los que retratan a las mujeres bíblicas que destacaron por su peculiar maternidad se reflejan las unas en las otras, de modo que todas las figuras terminan por fusionarse en una misma vocación de fortalecer y cuidar de un legado femenino. Todavía hoy, cada vez que contemplen el retablo, las clarisas de las Descalzas se verán a sí mismas reflejadas en los espejos de la hornacina y sorprenderán sus propios gestos, sus propios ojos, sus bocas, asomando inesperados detrás de cada hazaña legendaria para recordarles que ellas también tienen su papel en una larga genealogía femenina. Aquel primer día ante la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, también nosotras nos vimos reflejadas entre la espesura de los óleos, intrusas repentinas de una estirpe que no es nuestra. Nos consuela imaginar a Ana Dorotea satisfecha de vernos extraviadas entre todos sus espejos, intentando desentrañar, y deseosas de contar, el enigma que la sobrina de la archiduquesa cifró en su retablo.
Bibliografía (selección):
- Begoña Álvarez Seijo, “En-clave de género. Las mujeres fuertes del Antiguo Testamento en la Capilla de la Virgen de Guadalupe de las Descalzas Reales”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, vol. 29–30, 2017–2018, pp. 143–167.
- Martín Carrillo, Elogio de mujeres insignes del Viejo Testamento. En Huesca: por Pedro Blusón, 1627.
- Francisco Díaz, Exemplar religioso, propuesto en las funerales exequias, que el gravissimo, y real convento de Nuestra Señora de la Consolación de Señoras, Deslcalças Franciscas, hizo por la muerte de la Excelentissima señora Soror Ana Dorotea de la Concepción, Marquesa de Austria…, En Madrid, 1694.
- Cipriano García Hidalgo Villena, “Sor Ana Dorotea de Austria (1612–1694) y la exaltación de las mujeres fuertes”, en Las mujeres y las artes: mecenas, artistas, emprendedoras, coleccionistas, coord. Beatriz Blasco Esquivias, Jonatan Jair López Múñoz y Sergio Ramírez Ramírez, Madrid: Abada, 2021, pp. 115–133.
- Ana García Sanz y Annemarie Jordan Gschwend, “Via Orientalis. Objetos del lejano oriente en el Monasterio de las Descalzas Reales”, Reales Sitios, n. 138, 1999, pp. 25–39.
- Rosilie Hernández, “Reproductive Genesis: Mothers and Children in Martín Carrillo’s Elogios de mujeres insignes del Viejo testamento”, en The Formation of the Child in Early Modern Spain, coord. Grace E. Coolidge, Farnham: Ashgate Press, 2014, pp. 19–39.
- Juan de Palma, Vida de la serenissima infanta Sor Margarita de la Cruz, religiosa descalza de S. Clara. En Madrid: en la Imprenta Real, 1636.
- Harold Wethey y Alice S. Wethey, “Herrera Barnuevo y su capilla de las Descalzas Reales”, Reales Sitios, n. 13, 1967, pp. 12–21.
Lista de figuras:
- Figura 1. Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid. Foto: https://en.wikipedia.org/wiki/Convent_of_Las_Descalzas_Reales#/media/File:Monasterio_de_las_Descalzas_Reales_(Madrid)_07.jpg
- Figura 2. Vista de Google Maps del Monasterio de las Descalzas Reales y su entorno. Foto: Imágenes © Google, Imágenes © Airbus, Maxar Technologies, Datos del mapa ©2025. Inst. Geogr. Nacional
- Figura 3. Pedro Pablo Rubens, Sor Ana Dorotea de Austria, 1628. Madrid, Monasterio de las Descalzas Reales. Foto: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/95/Sor_Ana_Dorotea_de_Austria%2C_hija_ileg%C3%ADtima_del_emperador_Rodolfo_II_%28Monasterio_de_las_Descalzas_Reales_de_Madrid%29.jpg
- Figura 4. Sebastián Herrera Barnuevo, Capilla de la Virgen de Guadalupe, 1653. Madrid, Monasterio de las Descalzas Reales. Foto: https://www.investigart.com/2014/11/03/espejo-de-justicia-un-retablo-inmaculista-en-las-descalzas-reales/
- Figura 5. Martín Carrillo, Elogio de mujeres insignes del Viejo Testamento. En Huesca: por Pedro Blusón, 1627. Foto disponible en https://archive.org/details/bub_gb_J_Yy6mGQdwUC/page/n3/mode/2up