AGENART
Pieza del mes: febrero 2025
Autora: Agathe Bonnin
Cómo citar este artículo/How to cite this article: Agathe Bonnin, “Un cáliz por una profesión: sobre un donativo de Margarita de Austria-Estiria al monasterio de la Encarnación”, Agenart: La agencia artística de las mujeres de la Casa de Austria, 1532-1700, 10 de febrero de 2025. Consultado: 27 de julio de 2026. URL: https://agenart.org/un-caliz-por-una-profesion-sobre-un-donativo-de-margarita-de-austria-estiria-al-monasterio-de-la-encarnacion/
La edificación del real monasterio de la Encarnación finalizó en 1616, cinco años después de la muerte de la reina Margarita de Austria-Estiria, quien había impulsado su fundación. Aún así, tanto los sermones pronunciados en el momento de su muerte como las publicaciones más tardías vincularon íntimamente el convento a su memoria como reina santa. Margarita de Austria desempeña además un papel fundamental en la hagiografía de la fundadora del convento, la agustina Mariana de San José, obra publicada en 1642 por Luis Muñoz: la reina destaca incluso en los capítulos que describen el edificio, que ella nunca llegó a ver, donde Muñoz detalla las imágenes y objetos litúrgicos que entregó al monasterio antes de su construcción. Entre ellos, un cáliz o envoltorio eucarístico, así descrito por Muñoz:
En el Sagrario de la Iglesia está este Señor colocado en la primera prenda de su amor, que dio la Serenísima Reyna Doña Margarita, es aquel gran vaso que dijimos, labrado de una preciosa piedra de ágata, el tapador es de lo mismo, guarnecido todo de oro, el remate son dos sierpes de oro, y una piña toda de rubíes pequeños, en grande cantidad dispuestos con gran orden, y perfección.
El vaso ya no se conserva, pero se puede estudiar a través de la hagiografía de Mariana de San José, y de otros documentos conservados en el archivo del monasterio, entre los cuales destacan dos, fechados en torno a 1639, que Muñoz probablemente consultó: el testimonio de la monja Isabel de la Cruz en el proceso de beatificación de Mariana de San José y un memorial de las reliquias del monasterio.

Aunque los tres textos coinciden en la identidad de la donante, difieren sobre la del “artífice”: según el testimonio de Isabel de la Cruz, era “el emperador Carlos quinto”; en el memorial del contenido del relicario, era “el emperador hermano de nuestra santa reina” (Fernando II); mientras que de acuerdo con Luis Muñoz, “era de mano del Emperador Rodolfo”. A pesar del prestigio técnico, económico y social del que gozaban las obras de orfebrería, mayor que el de otras producciones hoy más asentadas en el canon de las bellas artes, no era común identificar el creador, o la creadora, de objetos litúrgicos en textos de esta índole. Además, aquí la fabricación del vaso no se atribuye a un artesano reconocido, sino a un gobernante: el memorial del relicario llega a calificarlo como “gustoso entretenimiento del emperador”, un tipo de afición que refleja su piedad. Esta autoría mítica sirve objetivos políticos. De hecho, dada la discrepancia entre las distintas fuentes, lo importante no era la identidad exacta del creador, sino el hecho de que el cáliz se vinculara con un emperador del Sacro Imperio y miembro de la Casa de Austria, a que la reina también pertenecía por nacimiento y por casamiento.

Según Luis Muñoz, el relato de la fabricación del vaso por un emperador del Sacro Imperio y su donación por una reina consorte de la monarquía hispánica materializa que el culto a la eucaristía era el “mayorazgo primero de la casa de Austria” heredado por la reina Margarita. De hecho, cuando el autor menciona al “emperador Rodolfo” probablemente remite a Rodolfo II (emperador de 1576 a 1612), pero un lector contemporáneo también hubiera pensado en el ejemplo de Rodolfo I (el primer Habsburgo en ser electo rey de romanos en 1257), cuyo acto de devoción a la eucaristía se recordaba como elemento fundacional de la pietas austriaca en numerosas fuentes textuales y visuales de la época moderna. El futuro emperador hubiera dejado su caballo a un sacerdote que llevaba el viático, sellando la misión de su estirpe como defensores de la eucaristía, y la protección divina que le correspondía. El episodio se encuentra figurado en la portada arquitectónica de la hagiografía de la reina por Diego de Guzmán (Figura 1); más precisamente en el pedestal de una doble columna salomónica, donde figura su padre el archiduque Carlos II de Austria-Estiria, un águila y coronas imperiales, con las inscripciones “Imperia”, “Carolus”, “Rodolfus” y “Veneremur cernui”. Esta frase, literalmente “Veneremos humildemente”, forma parte del “Tantum ergo”, cantado durante el rito de adoración eucarística. También va representado en un famoso cuadro de Rubens (Figura 2), ejecutado hacia la misma fecha que los bocetos de los tapices del Triunfo de la Eucaristía enviados por Isabel Clara Eugenia a las Descalzas Reales. En este sentido, el culto a la eucaristía era una forma de promover la convergencia de los intereses de la monarquía hispánica con los del Sacro Imperio y del papado. Estos intereses eran defendidos por un grupo de influencia en torno a la reina Margarita, cuyos miembros incluían a su tía la emperatriz María, su prima la monja Margarita de la Cruz, ambas residentes en las Descalzas Reales, y Mariana de San José. La reina quiso en algún modo extender esta red con la fundación del convento de la Encarnación. Al entregar un cáliz supuestamente labrado por un emperador de la Casa de Austria, la monarca actuaba como perfecta intermediaria entre la corte imperial y el real monasterio.

Además, la materialidad del objeto remite a referentes peninsulares, y no solo a un dogma tridentino o una devoción imperial. La tipología del cáliz regalado por Margarita, tal como se describe en las distintas fuentes del siglo XVII, de una sola piedra de ágata con dos sierpes de oro, corresponde en parte a la de la reliquia del santo cáliz de la catedral de Valencia (Figura 3), muy venerada y difundida entonces por la península. De hecho, la Última cena (Figura 4) de Vicente Carducho, pintada en 1617 para el refectorio de la Encarnación, representa la reliquia valenciana. También aparece en el retablo (Figura 5) que realizó el mismo pintor para la iglesia conventual del monasterio de Jerónimas del Corpus Christi unos años más tarde.

Las fuentes del siglo XVII también coinciden en otro punto: la reina hubiera entregado el vaso a las monjas (que residían en el convento madrileño de Santa Isabel mientras esperaban la construcción de la nueva fundación), con condición de que lograsen convencer a Aldonza de Zúñiga, hija de los condes de Miranda, de que se hiciese monja en el futuro convento de la Encarnación y no en el de las Descalzas Reales (Figura 6). De hecho, en 1611 esta fue la primera en profesar en la Encarnación, bajo el nombre Aldonza del Santísimo Sacramento, y en 1638, a la muerte de Mariana de San José, le sucedió como priora. La ya citada hagiografía de la madre Mariana (1642) está dedicada a Aldonza. Unos años antes, el memorial del relicario describía a Aldonza como una “prenda viva” que la reina quería ofrecer al Señor junto a la “primera prenda que dio […] la reina” al monasterio, es decir el cáliz. De hecho, de la misma manera que hacen hincapié en los materiales lujosos, la finura del labrado o incluso el precio del vaso, los textos alaban el ofrecimiento del cuerpo de Aldonza en virtud de su linaje y su valor en el mercado matrimonial de la época. Luis Muñoz la compara a la noble virgen romana Demetrias ensalzada por san Jerónimo que, a pesar de los numerosos títulos de su padre y de la virtud de sus progenitores, desdeñó prestigiosos casamientos para unirse a Cristo. Las monjas de la Encarnación tienen un doble estatuto, a la vez esposas de Cristo, y cuerpos sacrificados a su imitación, pues “dejan generosamente los palacios soberbiamente adornados, bajan a las pobres, y humildes celdas de la Encarnación […] para seguir pobres a aquel Señor, que desde los reales alcázares del cielo, bajó a estado tan pobre”.
En su relato de la entrada de Aldonza como novicia, justo antes de contar la muerte de Margarita de Austria, Muñoz presenta la entrega de su protegida por la reina como una participación en su sacrificio: “Fueron los Reyes los Padrinos, y la Reina la llevo de la mano, ofreciendo a Dios con lágrimas en los ojos aquella primera victima”. Si el pasaje del palacio al monasterio es una forma de Imitatio Christi para Aldonza, las lágrimas de la reina la asemejan, de cierto modo, a una virgen dolorosa. Muñoz también destaca la costumbre para cada profesión de que “los padres” entregaran un objeto para la sacristía o el relicario. Según los textos, la gran mayoría de los regalos de este tipo eran hechos por mujeres –sea por la madre o por la protectora real de la profesa– siendo el único padre mencionado como donante un viudo. Por lo tanto, la donación de objetos eucarísticos preciosos para el adorno del cuerpo de Cristo por las mujeres de la realeza y nobleza parece haber funcionado como una emulación del gesto fundacional de la reina y una réplica del sacrificio del cuerpo de sus hijas o protegidas: sus cuerpos eran tan valiosos como la piedra en la que está labrado el cáliz, y destinados, como éste, a recibir y adornar al Corpus Christi.
Bibliografía (selección):
- Agathe Bonnin, “Cuerpo(s) de Cristo, cuerpos de mujeres: prácticas del don, culto a la eucaristía y cultura cortesana en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid (siglo XVII)”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte de la UAM 36 (2024), en prensa.
- Anna Coreth, Pietas Austriaca (Purdue University Press, 2004).
- Alejandra Franganillo Álvarez, “Espacios religiosos e influencia política en la Corte española: el monasterio de la Encarnación y Mariana de San José (1616-1638)”, Hispania sacra 73:148 (2021), 457–68.
- Magdalena S. Sánchez, The Empress, the Queen, and the Nun: Women and Power at the Court of Philip III of Spain (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1998).
- María Leticia Sánchez Hernández et al., El relicario del Real Monasterio de la Encarnación de Madrid (Patrimonio Nacional, 2015).
- Cécile Vincent-Cassy, “Les joyaux de la Couronne. Sainteté et Monarchie hispanique en Espagne après le Concile de Trente”, en Dévotion et légitimation Patronages sacrés dans l’Europe des Habsbourg, ed. Marie-Elizabeth Ducreux (Lieja: Université de Liège, 2016), 41–56.
Pies de Foto e información de imágenes referidas en el texto:
- Figura 1. Diego de Guzmán, Reyna Catolica. Vida y muerte de D. Margarita de Austria Reyna de Espana…, Madrid, Luis Sánchez, 1617, portada. Fotografía: Biblioteca de la Universidad de Valladolid.
- Figura 2. Pedro Pablo Rubens, Acto de devoción de Rodolfo I de Habsburgo,h. 1625, óleo sobre lienzo, 199 x 286 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado. Fotografía: Museo Nacional del Prado.
- Figura 3. Réplica del Santo Cáliz de Valencia, Fotografía: Joanbanjo, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons.
- Figura 4. Vicente Carducho, La última cena, 1617, óleo sobre lienzo, 560 x 224cm. Madrid, Monasterio de la Encarnación [00623001].
- Figura 5. Vicente Carducho, La última Cena, hacia 1620-1622. Madrid, retablo mayor del Monasterio de Jerónimas del Corpus Christi.
- Figura 6. Archivo del Real Monasterio de la Encarnación, caja 6, expediente 7, Testimonio de Isabel de la Cruz, 1639, f. 13v. Fotografía por la autora, en el Archivo General de Palacio.